Xalapa, Ver. -- 2008-02-23 08:42:35 -- por Raciel D. Martínez Gómez
Cuando uno mira The assassination of Jesse James by the coward Robert Ford (2007) de Andrew Dominik, se advierte de inmediato que la película no atiende el cánon del género tanto a nivel de forma como de contenido; incluso, hasta me adelantaría para afirmar que el director neozelandés descubre un nuevo enfoque sintáctico que refresca los códigos en apariencia sobados por las cintas que relatan los periplos hacia el cruel Oeste.
Por un lado Dominik fractura el silente machismo con un deslizado aliento gay, que de admiración pasa a traición con el sugestivo personaje de Bob Ford contado a través de un cuidadoso registro de los cambios emocionales de Cassey Affleck. Y, por otra parte, anula el inclemente sol del paisaje clásico con un engañoso preciosismo fotográfico de Roger Deakins, que se da el lujo de crear una atmósfera poética nunca vista en el repertorio de los vaqueros –ni siquiera en el Brokeback mountain (2005) de Ange Lee se consigue algo semejante–, y sí, está en plena consonancia con las imágenes etéreas de Emmanuel Lubezki en The new world (Malik, 2005), cuyo horizonte, por cierto, apunta hacia el extrañamiento occidental de frente a una cosmovisión desconocida.
Aunque también, observando de manera retrospectiva en el amplísimo currículum del western, tenemos que aceptar que el propio género es lo suficientemente flexible como para incluir una serie de variantes que no por obligación se ciñen al símbolo y mito de origen de los Estados Unidos.
Es evidente que el género del western se constituyó como la plataforma narrativa del discurso de la edad de oro en EU, sobre todo la ancha franja genérica que se dedica a denostar al indio como esa otredad salvaje que impedía la constitución aunque sea incipiente del estado nación.
Pero al mismo tiempo el western ha soportado una serie de variantes, a cual más interesantes, como los filmes crepusculares que dedican sus energías no a la batalla en contra del estereotipo apache –tibiamente reivindicado en Dances with wolves (1990) de Kevin Costner–, sino a la decadencia axiológica del hombre blanco después de la feroz Guerra de Secesión.
Recordemos que han pasado 104 años desde que nació el western formalmente en el cine, un género cuyas claves plásticas y tópicas de inmediato se colocaron como una fórmula que servía para historiar el Siglo XIX de un país como los EU. En efecto, hace más de un siglo dicho género se impulsa con una película llamada The great train robbery (1903). Su director Edwin S. Porter, según algunos críticos como Charles Musser, paradójicamente concibió la cinta más pensando en otro género que en el western.
Es curioso que exista la hipótesis de que la obra de Porter haya sido estimada dentro del género de viajes y, a su vez, dentro del subgénero ferroviario. Con ello no insinúo paradoja tal en la película de Dominik, sin embargo advertiría que los testimonios de los actores, y más el de Brad Pitt, aluden a una sintaxis híbrida que estaba más seducida por los personajes y su espejeo –entre Jesse y Bob–, que por circunscribirse a las reglas del género.
Pitt afirma, y se nota en más de un ángulo, que Andrew conceptualizó la cinta más como una banda de gángsters que como los forajidos James y sus leyendas espectaculares en torno a los robos de trenes. No se detiene como en 3:10 Yuma (2007) de James Mangold en el movimiento pleno de la violencia –que a últimas sigue siendo un show de puntería–; más bien Andrew privilegia la lentitud –nostalgia difuminada–, y la vesania psicológica en donde se tensa la paranoia de Jesse y la continencia gris de los hermanos Ford.
Hay muchísimas secuencias que parecen fotografías desgastadas, como si el Jesse enfermo, insomne, fuera un vampiro al que le molesta el día. Hay mucho de matiz romántico en la silueta y en la entrega ambigua de Jesse, y por supuesto en los lerdos ajustes de cuentas que están sellados por los juegos de palabras de un bandolero que desconfía de su propia sombra.
Dominik se fascinó con la novela de Ron Hansen por la ígnea pero discreta transformación interior del personaje de Ford. No sabría separar mi gusto entre Unforgiven (1992) de Clint Eastwood y por The assassination of Jesse James by the coward Robert Ford. A ratos la encadeno con Gangs of New Cork (2002) de Martin Scorsese o con lo que hacía Sergio Leone. Lo único que sí aseguro es que el Oeste ya tiene una versión exquisitamente fría de un maldito que mató y murió por la espalda.