Xalapa, Ver. -- 2008-03-11 22:39:28 -- por Raciel D. Martínez Gómez
La ópera prima de Ben Affleck metido a director sorprendería en primera instancia porque iría a contracorriente de la imagen pop y ligera que ha labrado en su carrera muy desigual, en donde lo mismo hizo Gigli, Daredevil y Pearl Harbor que participa en proyectos interesantes como Shakespeare in love o Good will hunting. Pero pasma aún más que su inicio en el largometraje –porque realizó uncorto en 1994: I killed my lesbian wife, hung her on a meat hook and now I have a three–, sea de inmediato considerada un ejercicio maduro dentro de un género como el thriller que ha mostrado aportes tan variados. Y, es más, su entrada al género coquetea con el ámbito de un director como Clint Eastwood y su filme Mystic river, ponderado entre lo más granado de los últimos tiempos. De verdad Gone baby gone de Affleck parece un derivado del cosmos de Mystic river, y es que la parentela por supuesto se explica por la base textual de los filmes: ambos son adaptaciones de novelas de un mismo escritor, el estadunidense Dennis Lehane. Es importante señalar que Affleck también redactó el guión junto a Aaron Stockard, sustentado en un libro de Lehane –por cierto, Martin Scorsese pretende llevar a la pantalla otra novela de Lehane intitulada Shutter Island. Los personajes centrales son una atípica pareja de detectives, Angela Gennaro y Patrick Kenzie, que no corresponden al lugar común de la rudeza; inclusive tanto la voz como la silueta débiles de Cassey Affleck interpretando a Kenzie generan un ruido a lo largo de una trama repleta de mentes torcidas y mafias declaradas –y es que tampoco rima su sempiterno look sport. Angel y Patrick son contratados de manera privada para resolver un secuestro. Ellos son reconocidos –sobre todo éste–, por su amplio abanico de relaciones con la escoria bostoniana. Lehane lleva cuatro novelas escritas sobre Angela y Patrick, y Gone baby gone es la tercera de la saga y por la que se decide Affleck. Ben nos exhibe una solidez sintáctica que no se engolosina con los insumos efectistas; al contrario, el filme tiene una factura verista más en consonancia con un realismo sucio, como de cine independiente y pondera muy bien las escalas narrativas (si acaso reprocharíamos los usos de flash backs para armar el rompecabezas). El aire de la cinta evoca lo hecho por Scorsese en The departed, sobre todo porque Boston les sirve de ambiente para describir la corrupción policíaca, el mundo de las drogas y el agigantamiento mediático. Dentro de estas eventuales influencias, también Affleck concibe un tono lumínico cercano a Mystic river. A cuento recuerdo Internal affairs de Mike Figgis, un thriller donde el desarrollo de la acción no era más que un biombo que ocultaba levemente el fortísimo deterioro de las relaciones humanas: manipulación psicológica, corrupción en pro de un bien mayor, infidelidad que mantiene la armonía familiar y los celos que corroen la confianza de pareja. Asimismo, cuestiones afines hemos visto en diferentes filmes del discurso crepuscular de Eastwood, quien insiste, más allá de la trama pirotécnica, en los dilemas éticos ante los que se enfrentan perseguidores y perseguidos por la justicia. Los resultados de este cine, cuyo centro de debate es la ética, son un planteamiento de guerra entre dos bandos, claramente polarizada por culpa de una especie de desesperanza que cunde en los ciudadanos que ya no confían en los aparatos de seguridad del estado. De ahí a la postura fascista sólo hay un paso. The brave on, de Neil Jordan, reparaba en igual dilema. En este contexto debería leerse Gone baby gone, debut de Affleck, quien dejó entrever su talento cuando escribió el guión de Good will hunting. De aquel filme interesante dirigido por Gus Van Sant hasta la fecha pasó más de una década, por lo que hacía sospechar que esa capacidad se había estancado. Sin embargo resulta que su cinta polemiza en torno al crimen como un mal necesario en un contexto de fe soterrada, rabiosa, inteligentemente expuesta para plantear una paradoja moral: ¿en qué creen los que sí creen?