Xalapa, Ver. -- 2008-04-02 18:36:32 -- por Raciel D. Martínez Gómez
La campaña de marketing viral de la cinta Cloverfield tuvo el propósito de posicionarla desde el estreno de Transformers (Bay), en julio del año pasado. Con una textura de vídeo casero se grabaron las imágenes de un tráiler que solamente mostraba la fecha 18 de enero de 2008. A raíz de ello se derivó una serie de especulaciones tanto en páginas de Internet como en periódicos impresos. Desde el USA Today hasta The guardian manejaron la hipótesis que dicho tráiler era el anticipo de una película sobre H.P. Lovecraft, Voltron o un subproducto de Lost, como ya consigna la Wikipedia. En efecto, una idea de sembrar expectativas semejante a The Blair witch proyect (Myrick y Sanchez), pero esta vez producida por J.J. Abrams y dirigida con el oficio de Matt Reeves, entrenado de forma amplia en series de televisión desde hace 15 años. Los resultados por supuesto están diferenciados pese a que ambas abonan versiones en torno a la paranoia. Mientras que en The Blair hallábamos una suerte morbosa del espectro literalmente fantasma confundido entre los caprichos de la cámara, en Cloverfield nos asomamos en todo caso a un filme de ciencia ficción con descarados tics pero contado en muchos aspectos con amplia madurez e independencia de estilo. Por ello no me remitiría a comparar el vértigo de una y otra, porque lo que hacen Myrick y Sanchez a final de cuentas se antoja más experimental en menoscabo de la trama. Cabe aclarar que esa falsa inestabilidad genera un principio de incertidumbre que al público gastronómico le lastima su sensibilidad lineal y posada, pese a ya no ser la gran novedad sobre todo porque una variedad considerable de directores ha optado por una verdad posmoderna. De ahí la sorpresa que a muchos jóvenes les disguste el tono mareante de Cloverfield, cuando este realismo es el lenguaje cifrado de filmes como Die hard 4.0 (Wiseman) y AVPR: Aliens vs Predator (Strause). Prefiero observar el discurso del monstruo y la omnipresencia maligna que adquiere a través de la perplejidad de los civiles, por cierto elemento dramático poco abordado en el cosmos hollywodiano que opta en la mayoría de las ocasiones por personajes que saben reaccionar ante situaciones extraordinarias (me imagino que John McClane hubiera eliminado al monstruo con un balazo entre los ojos).
Sí, en Cloverfield se trata de una profundidad de campo que decide Reeves desde el punto de vista del hombre común para atisbar al monstruo a lo largo de las oscuras avenidas y calles de Nueva York. Los hallazgos en este sentido son de pesadilla como la cabeza de la estatua de la Libertad rodando como símbolo de un cataclismo post 11 de septiembre, la caída del puente de Brooklyn o los rascacielos inclinados de Manhattan. Toda esa monumentalidad arquitectónica, ingenieril y tecnológica se vuelve frágil ante el testigo ordinario que pierde sus motivos y no hay elementos para asirse más que el sentido del amor, como en Miracle mile de Steve de Jarnatt. La elección de un protagonismo atmosférico obliga a contemplar con determinada redención al parásito insinuado –levantamos la mirada y no hay nada, y creemos en él y nos da miedo–, un apocalipsis que quizás proviene del mar y cuya única referencia es la televisión que intermitentemente informa de la impotencia del Ejército frente a la cosa. Es un poder malsano que no se ve y se impone por su ensordecedor ruido y por los impactos de su fuerza: tiembla y destruye. El monstruo es asimétrico en más de una arista, como molusco, que más que ligarlo a la escala demoledora de los trípodes de War of the worlds (Spielberg) lo enlazo a esa visión que provoca la criatura de Possession de Zulawski. Digamos que la inestabilidad de Cloverfield no sólo la catapulta la taquicardia de la cámara sino también la concepción caótica de la escena y el monstruo oculto. Nuestra educación del terror ha pasado por King Kong y Godzilla que se convertían en sacrificios morales para reprochar la estupidez humana. Lo que Cloverfield renueva a estas ficciones es que la ominosidad de la bestia carece de origen. Esa era la subversión de Freddy Krueger y Jason, y obras como las de Wes Craven y el primer Sam Raimi. No importa que si es lógico que la cámara sobreviva al Hammerdown en Central Park. Lo interesante es que el monstruo nos reduce a eso: entre escombros yace el romance platónico. Polvo pues.