Xalapa, Ver. -- 2008-06-22 14:55:38 -- por Raciel D. Martínez Gómez
Los súper héroes de la Guerra Fría de la Marvel Comics reproducen una suerte de espejo de la situación política imperante. Dicha política podríamos resumirla en la postura de una nación como Estados Unidos que, en la década de los sesenta, se erigió como defensora de los peligros mundanos –el socialismo--, o de las amenazas extraterrestres, y, por consecuencia, se volvió el país garante de la paz mundial a través de su bien intencionada carrera armamentista. Aunque, por supuesto, autores como Stan Lee añaden a circunstancias patrioteras tipo Capitán América --porque de todas formas la protección de EU es la máxima--, un tormento moral por las contradicciones que genera la tecnología como le ocurre a los convulsionados freaks de X-men, al reprimido Hulk y como le pasa a Tony Stark, el voluble Iron man. En la versión fílmica de Jon Favreau, noñazo actor de TV (Seinfield) y de cine (Wimbledon, The break-up) metido ahora a director (Elf), Starks se acomoda precisamente a los tiempos contemporáneos e ignora en apariencia el origen del súper héroe. Conserva, eso sí, este paradigma del individualismo frente al vacío de un Estado inoperante: un rico científico mercader de armas que toma conciencia y se rebela a las dinámicas de la política bélica. Es curioso que después del deshielo político los enemigos mudaron inclusive de continente. Hasta el momento el cosmos musulmán no ha sido claramente satanizado como lo fue la esfera soviética, que a la fecha sigue repercutiendo en relatos donde su intervencionismo tiene secuelas perversas como en Afganistán, en donde el régimen talibán emergió de un tejido social totalmente descompuesto. En este sentido, a diferencia del filme de Favreau, el cómic plantea que la leyenda de Starks nace en Vietnam, aunque hay versiones de la Marvel que lo ubican en la Guerra del Golfo y en la misma Afganistán. También sufre una emboscada y es un científico de nombre Yin Sen quien le ayuda a construir la armadura con la que escapa y que posteriormente perfecciona. Recordemos que la primera aparición del cómic Iron man fue en 1963 en Tales of suspense y que hasta la fecha el recorrido ha sido poliédrico –entre esas caras, patético como cuando le provocan una parálisis en el cuerpo. La trama de Iron man en la historieta despliega desde un romance torcido con Pepper Potes que deriva en triángulo amoroso, más enfrentamientos despiadados con Iron monger (Obaduah Stane), es estigmatizado como traidor por Los vengadores, hay una guerra civil con el citado Capitán América, un choque terrible contra Hulk y la aparición del Mandarín, el mayor enemigo de Iron man. La Marvel no había tenido suerte con sus cómics recientes. Tan sólo citemos en fila una serie de fracasos: The punisher, calcado de forma mediana; Daredevil, una pésima adaptación y elección de tema; la mal contada Ghost rider y en menor escala Blade que se salva. Creo que la Marvel se sostuvo en el mercado con Spider man pero los resultados finales, sobre todo en esta última versión de San Raimi, fueron muy lamentables. El director mantiene características del Stark del cómic como su dependencia al alcohol y su proclividad por las mujeres. Lo que me llama la atención es que no hallo este parangón de Playboy tan nítido en los cómics como sí lo trazo con la figura real del diputado demócrata Charlie Wilson, de la cinta Charlie Wilson´s war, de Mike Nichols. Incluso en la película de Nichols el legislador sureño asimismo adquiere conocimiento de causa en Afganistán. Ambos revoltosos, colocados en un bando oficial, desatienden las reglas de un sistema para abanderar una misión que está más allá del gobierno en turno. Este reclamo esencialista me parece que permea en buena parte del discurso del cómic de la Marvel, como en X-men, sin embargo es con Charlie Wilson donde reposa en gran medida esa justicia en donde el fin justifica a los medios. Es obvio que el guión no da para debatir el cinismo de la carrera armamentista. Ya Andrew Niccol nos enseñó en Lord of war lo que acaso insinúa Iron man con Obadiah: la disolución de los adversarios. Iron man es ingenua, digámoslo así, en seguir postulando una axiología de la guerra asentada en una tensión binarizante, cuando el Yuri Orlov de Niccol nos demuestra que la dualidad –la edificación del miedo--, es parte estratégica de un yo diría no tan novedoso argumento patriotero.
Digamos por último que la acción trepidante tiene vasos que se comunican con ese alarde de Michael Bay en Transformers y con la ironía de Paul Verhoeven en Robocop. Y aunque se inclina más por la pirotecnia visual, creo que Iron man puede ser motivo para entender esta patria-global del cómic que fue postulada hace medio siglo.