Xalapa, Ver. -- 2007-11-09 10:14:00 -- por Raciel D. Martínez Gómez
La verdad incómoda es una película a la que poco hay que refutarle en lo concerniente a sus contenidos. Al tratar una problemática con un amplio consenso, como sería el calentamiento global, la cinta se suma a los esfuerzos por comprender una madeja económica, política y sociocultural en la que se demanda una reflexión holística.
Y es que se ampara, y yo diría que stratégicamente de forma adecuada, en un tema políticamente correcto que ya reverbera en sectores influyentes de la opinión pública, a los que habría que añadir algunos gobiernos de estado que se jactan de ser progresistas.
Además es difícil desmontarle a Al Gore su discurso cuando éste se construye con un rigor científico tan cosmopolita y actual, y destacado con una dinámica presentación que envidiaría el soso programa televisivo de Ignacio Ovalle Fernández.
A ratos me parece que el documento pudiera haber dado más, sobre todo si consideramos la enorme cantidad de esquinas que subyacen en la problemática del calentamiento global.
Inclusive no se me hace que, para el status de un personaje político como Al Gore, la cinta se limite a la filmación casi intacta de una conferencia abierta a un público variopinto. La conferencia, por cierto, destaca por su impecable didactismo y por su timming tan arraigado a la usanza de la mercadotecnia y a la política estadunidense.
La verdad incómoda no se conforma --o no abusa pues--, con pasar al centro del cuadro a Gore, sino que ilustra lo dicho con imágenes y lo acompaña con gráficas muy contundentes. De hecho, los gráficos son el ejemplo más plástico y efectista de los cambios en la Tierra entre las diferentes épocas de la historia del hombre.
Pero le reclamaría a Davis Guggenheim, el director del filme, la falta de contraste, de contrapartes que agilizaran y nutrieran las hipótesis del demócrata. Se hubiera enriquecido La verdad incómoda con los testimonios de los expertos; a cambio, Gore menciona los orígenes de las informaciones clave como si fueran resultado de un lobby de amigos o como si fueran acaso meras coincidencias entre aventureros que buscan el bien de la humanidad: unos explorando el hielo de los polos y otros, como él, pujando en el Congreso de los EU. Por ejemplo la aparición de Roger Revelle, uno de sus profesores en la universidad de Gore, no es suficiente cuando había un sinfín de especialistas interesantes como ocurre en la soberbia La corporación, documental de Jennifer Abbott, Mark Achbar y Joel Bakan, que cubre un inmenso espectro de disciplinas.
Gore en este sentido usurpa --exageremos la nota--, un espacio en provecho de su visibilización central. Es decir, se vuelve protagónico de un discurso que no es chantajista pero que aprovecha a ratos para victimizar su figura política que fue frustrada por las artimañas de los republicanos.
El director tal vez lamentó la prisa por colocar un mensaje que estuviese claramente expresado, que fuera eficiente. El propósito se cumple aunque hubiera preferido, en lo personal, mayor profundización sobre el calentamiento global.
También queda un halo de esa imagen de pelea del individuo en contra del sistema, tensión que tanto agrada a una sociedad de masas ávida de recompensas. Se observa a Gore como un Quijote con lap top que, incansable, se transporta en los aviones para transmitir su mensaje como botella al mar. Recordemos que Gore fue senador y como vicepresidente mismo participó en eventos de talla mundial como la Cumbre de Río de 1992 y el Protocolo de Kioto en 1997.
Gore ha declarado que conforme se fue informando del colapso ambiental, y confirmándolo a través de la ciencia, comprendió la urgencia de atender la crisis que enfrenta el planeta y por ello, son palabras de Al, tomó una especie de misión.
A pesar de que vislumbro como una curada en salud que funciona a su vez como propaganda política, no me disgusta el tono de Gore durante toda la película. En este caso prefiero la honestidad de Al que la virulencia montada del Michael Moore de Farenheit 9/11. Lo que me sorprende es el corolario: después de un recorrido rozando el Apocalipsis, concluye con un extraño optimismo. Se aprecia una cierta retórica, no simplista, pero sí simplificadora del asunto. Y aunque no es mesiánico su discurso, sí se percibe un tufillo en las fronteras de lo romántico y la arrogancia para hallar la solución a tan complicado problema como el calentamiento global.
Sin embargo, ningún detalle expuesto tiene la densidad posible para empañar el interés que despierta La verdad incómoda, una cinta que se escuda en la corrección política para decir muchas cosas inteligentes.