Xalapa, Ver. -- 2008-01-09 10:44:44 -- por Raciel D. Martínez Gómez
En lo particular Rob Zombie no me espanta por el halo bizarro que ostenta; al contrario, me divierte por su ingenuidad no cansina aunque sí de rala novedad de House of 1000 corpses y de The devil´s rejects.
Su discurso entero, él vestido de hell angel esperpéntico posando tres cuartos a la cámara con mirada maldita y su retro happening más en deuda con la legendaria The Rocky horror Picture show de Jim Sharman —director por cierto que habría que analizar—, teatraliza y desinfecta mucha de la subversión que emana del cine serie B.
Diríamos que en una sociedad politeísta como la contemporánea, tal y como indica Umberto Eco, Zombie tiene a su favor un nicho sencillito de conquistar —la malditez que se proyecta en espacios como MTV—, en donde impera el efectismo que por sí solo es un discurso freak que revela un ángulo de fárrago contestatario con múltiples groupies.
Sí, es una lástima que el gore se haya amansado con filmes exentos de tópicos chocarreros; sin embargo, defendería la ridiculez de Zombie quizás por momentos de frescura que le impone a su tono retro y por apuntes surrealistas que devienen del pop heavy.
De hecho eso percibo de forma inusualmente redonda en el Zombie de Halloween: un artesano que sabe del pastiche y de las atmósferas.
En este contexto me sorprendió Halloween, pues me mostró esa habilidad plástica que ya había detectado en las dos citadas películas. Y es que en Halloween de alguna manera dejó atrás su fantochería metalera y prefirió a cambio una reproducción neobarroca de la saga creada por John Carpenter.
Al tiempo que calca el universo carpenteriano, sobre todo los niveles de tensión a través de la pausada banda sonora, teje detalles que provienen, eso sí, de la personalidad exhibida por Zombie (un cosmos que alcanza niveles shocking a ratos interesante).
Esta nueva cinta de Michael Myers se inserta en esta moda de reciclar los mitos masivos. Hemos visto que, so pretexto de volver a la fórmula ya de comprobado éxito, se acude a historias que nos explican el principio de las cosas —y en la cima de esta falta de creatividad o de nostalgia dark, se recurre al remake.
Se trata de las precuelas, en donde más que una exploración temática o una disección íntima de los villanos, se abarata tánto como ejercicio genérico que se ha convertido en un detrimento mayúsculo contra los relatos cuyo logro fue ubicar a dichos personajes como héroes sordos, con una sociopatía cool que conforta esa rencilla que trae todo joven con la autoridad.
Thomas Harris, por ejemplo, con su novela por encargo, Hannibal el origen del mal, explota esa psicofilia popular con una trama que abusa de los clichés: la venganza del Lecter niño deriva de la crueldad que se desata alrededor de la Segunda Guerra Mundial. El libro es fantoche en contraste con el ya de suyo presuntuoso Aníbal y pues nada que ver con El silencioso de los corderos y más alejado aún de Dragón rojo.
En este sentido averiguar el principio del mal podría resultar ocioso porque la vesania de Lecter y Myers precisamente estriba en pertenecer o más bien surgir del ámbito de la sinrazón, argumento justo para incomodar cualquier mecánica psicologista como la infancia angustiada y los líos edípicos sin resolver que distinguen a esos guiones de la actualidad.
Las primeras versiones de Aliens y de Pesadilla en la calle del infierno, e incluso en El despertar del diablo y Masacre en Texas, arrebatan por esa ausencia de contrapartes que nivelen la vesania.
En los casos donde se corre el velo de la ominosidad como en Lecter, rayan en el artificio y se canalizan a final de cuentas en un moralismo soterrado.
Rob Zombie se defiende en su versión de la génesis de Myers de los terrenos pantanosos de la moralina al querernos ofrecer una explicación seca de la violencia de Michael. Disculpo el confuso discurso de Zombie porque en esta ocasión no lo es; es decir, no reproduce su splatter gratuito en beneficio sí de una narración más propensa al conflicto atmosférico.
Digamos que en Halloween observamos a un Zombie más recatado y centrado en la narrativa. Tal vez la colaboración del propio Carpenter en el libreto haya generado esta sensación de un ron maduro.