Hasta el viento tiene miedo - por Cortesía Cortesía
Hasta el viento tiene miedo
Otra vuelta de tuerca
Xalapa, Ver. -- 2008-01-15 09:03:18 -- por Raciel D. Martínez Gómez
La perversidad flota de manera sibarita en el horror gótico de Hasta el viento tiene miedo: la autoridad de los adultos no es evidente y se carece de figuras paternas, mientras lo que sí permea es un universo infantil renuente a crecer —incluso, con Lolitas enanizadas seguramente a propósito—, una tirana institutriz, la funesta Bernardina, a la que le caerá el peso de la venganza de las criaturas celestiales y prevalece también un dosificado conflicto lésbico en donde la paz sensual —las delicadas caricias de Andrea—, reina como sueño y nostalgia.
El director Gustavo Moheno es, en el más benévolo término, un copycat. Y la razón por la que emula estilos se llama Carlos Enrique Taboada, director de culto en el cine mexicano que destaca a finales de la década de los sesenta y entrados los setenta por ser un especialista en el citado horror gótico. Hasta el viento tiene miedo es un remake del reconocido Taboada. No obstante que Moheno se limita a una aparente trascripción, mostró madurez plástica para un ejercicio que, en el contexto actual más proclive al efectismo, se antoja inteligente por varias aristas tanto del orden formal como de contenido.
Digamos que se trata de un producto subversivo pese a no apelar a la brusquedad de Eli Roth, y en cambio sí apostar todo al control meticuloso de las atmósferas, posiblemente con más puentes con el cine japonés tipo de La maldición.
Aunque no basta quedarse con la idea de que Gustavo realiza un simple remake, porque en Hasta el viento tiene miedo añade aspectos del discurso del autor calcado como sería el concepto de Veneno para las hadas.
Moheno recupera ampliamente el discurso de Taboada: la ominosidad de los otros —los huérfanos—, que minimiza al mundo real, cuestión que a ratos observo como dominante.
Habrá que decir que Moheno tiene en postproducción El libro de piedra, otra de las películas de Taboada en donde se nota aún más ese halo jamesiano de la familia decapitada de adultos.
Me parece más que afortunada la nueva versión de Hasta el viento tiene miedo. El control espacial es casi perfecto y coincido con Javier Betancourt quien resalta la paranoia del relato por delante del sobresalto. Incluso Gustavo es lo suficientemente hábil en el guión y, por supuesto, en la edición, para conservar una cierta ambigüedad que se maneja en la frontera de las dimensiones que propone la historia que a momentos se vuelve obra abierta.
También aceptaría lo que dice el crítico Rafael Aviña, quien subraya el estado puro de Hasta el viento tiene miedo, por ser una narración límpida que prefiere la tensión psicológica a los brincos chantajistas.
Asimismo me gusta el diseño de arte y la fotografía porque a ratos la textura de la cinta pasa por diferentes raseros de época —acaso sea atemporal. El horror gótico está reciclado con finura e inclusive en el último tramo del filme propone postales expresionistas que rinden homenaje al halo de Taboada.
De forma tangencial la película de Moheno me invocó el discurso de Brian de Palma, sobre todo el de Carrie de la que no sólo la vinculo con Hasta el viento tiene miedo por la sangre menstrual. La alusión a De Palma en todo caso se manifiesta en la secuencia final que cabalga en un tono onírico que se desplaza a través de viñetas yuxtapuestas más que por la oralidad que desenreda las tensiones.
Por ello Hasta el viento tiene miedo gana en perversidad, puesto que privilegia la disipación del fantasma por medio de un erotismo levemente insinuado en una poética de las miradas y las manos: la contemplación.
Es curioso que en 2007 se hayan exhibido dos películas del tono de vigilar y castigar como ésta y Malos hábitos. Se trasluce en ambas una misantropía que reduce a los adultos —ausentes y ridiculizados respectivamente—, y alude a la represora economía sexual.
Debo señalar que la casa de Hasta el viento tiene miedo, no sé por qué, me genera la sensación de un sitio estupendo para plasmar la narrativa de Horacio Quiroga. La gallina degollada podría mostrar a sus idiotas en esta claustrofilia. Pero el relato es obvio que su liga más próxima es con Henry James. De ahí que se puede sostener que Hasta el viento tiene miedo es otra vuelta de tuerca del horror gótico.