Xalapa, Ver. -- 2008-01-30 21:14:27 -- por Raciel D. Martínez Gómez
Todo corazón (A mighty heart), la última película de Michael Winterbottom, nos muestra que no se requiere de la pastelería ideológica –no sé si ya típica--, para denunciar un hecho en donde se concatenan las aberraciones de la política. Oliver Stone, en este sentido, se ha desgastado con la parafernalia del shocking para exigirle al espectador a que señale culpables a través de las trampas de la edición.
Y Todo corazón, sin que ello implique un cine antitético a la obra de Stone, corre al lado contrario de las fórmulas dramáticas con una dosificación de trucos cinematográficos que raya en el minimalismo –economía de recursos pues--, como si en ello fuese en prenda la densidad misma de lo que busca Winterbottom: como en Código 46 donde también recupera los rasgos más íntimos del individuo para oponerlos a una maquinaria de poder omnipresente.
Para Winterbottom hubiera sido fácil chantajear con un discurso patriotero o satanizar al enemigo con un irracional fundamentalismo. Sin embargo el planteamiento, desarrollo y conclusión, sobre todo ésta, carecen de la armazón estilística para subrayar la disyuntiva entre el blanco y negro. Todo corazón opta por una sintaxis verista que a ratos semeja un reportaje o una cinta documental con métodos periodísticos. Winterbottom no usa la cámara lenta para describir una violencia que, habrá que decir, sólo se insinúa. O cuando se anuncia la terrible muerte del corresponsal Daniel Pearl, tampoco el director la adereza con música.
A cambio Todo corazón prefiere la austeridad sin poner acentos a los espléndidos papeles de sus actores.
En cuanto al tópico, recordemos que el espectacular ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, nos evidenció con mayor nitidez que la paranoia contemporánea está basada en el choque de civilizaciones. Ahora la sospecha no recae en la amenaza de un sistema socialista sino en un enemigo cultural que permanece por cierto en el mismo sitio: Oriente.
Amén de las tesis del miedo que se generan alrededor de dicho ataque –todas ellas factibles para justificar la escalada armamentista de Occidente--, el terrorismo y las intervenciones imperiales remarcan los polos que se disputan la supremacía de la fe y del petróleo.
Octavio Paz en su Tiempo nublado, ensayo lúcido escrito en medio de un ambiente retórico por las tensiones de la Guerra Fría, anticipó con gran trecho que el conflicto del futuro mundial sería del orden religioso. Sí, el horizonte paciano vislumbró el enfrentamiento entre el Islam y los regímenes hegemónicos occidentales, con todo lo de simplificación que implica ello como nudo central de la trama de la geopolítica postnacionalista.
El brete no es tan sencillo de comprender ni mucho menos abordar en ámbitos como el cine, de ahí que películas como las que filma el director inglés Michael Winterbottom ensanchan la dimensión del contexto bifurcado en extremos en apariencia divididos.
La tarea de Winterbottom parte precisamente del 11 de septiembre y los efectos colaterales que se desprenden. Aunque ya sabíamos de su preocupación por los temas políticos como en Bienvenidos a Sarajevo, esta vez presenta un díptico que intenta referir la complejidad del terrorismo como fenómeno globalizado.
Winterbottom rodó con Camino a Guantánamo una absurda carambola en donde unos británicos que visitaban Afganistán para celebrar una boda, terminaban en la base cubana como sospechosos. La película es sobria y se percibe un halo objetivista en donde no se intenta juzgar ni dramatizar. Todo corazón nos enseña el propio embrollo globalizante de la ejecución de Pearl en Pakistán. El agigantamiento de los mass media muchas veces oculta los rizomas que dan movimiento a las cosas.
Un discurso posterior al 11/9 está obligado a pensar que la globalización tiene resonancias múltiples. Y a un pensamiento binario no le basta su estructura determinista para comprender lo paradójico en que se convierte un caso como el de Todo corazón.